22 oct. 2007

La última flor-




Sobre la mesa se secaba la última flor que le había regalado. Yacía de costado dentro de un florero de cristal que, como el ojo de un insecto, reflejaba una realidad por cada arista que poseía. A través de él se veían a miles de Iris, sentadas, con los ojos cerrados, respirando con calma y fumando lentamente el ante penúltimo cigarrillo de su caja de diez y el octavo del día, respectivamente.
Junto a ella, en el sillón, descansaba el pequeño Humme. El pelo del gato era anaranjado, y parecía destellar en contraste con la blancura y pureza de los almohadones del gran sofá que descansaba en el living del amplio departamento.
En el suelo se desparramaban incontables revistas. Abiertas, cerradas, rotas y en perfecto estado, se unían formando una alfombra de novedades y chimentos, de biografías y programación del viernes 23, de fantasmas reales y de amores ficticios.
Las paredes estaban adornadas por fotografías que Iris sacaba. Humme, su modelo exclusivo, aparecía en la gran mayoría de los retratos, pero también estaba ella, estaba el río, y estaba, por supuesto, él.
La foto, recordaba, la había sacado hacía algo menos de un mes, la última vez que salieron como pareja. La última tarde de felicidad de la que Iris tenía archivo en su memoria.
Había sido martes, si. Un martes, a la salida del trabajo. J. la había pasado a buscar de sorpresa, con una humilde pero vistosa flor roja oscura, opaca, con un tono borgoña, sanguíneo.
Le dio la rosa, la beso, le tomo la mano y, caminando lentamente y hablando de quién sabe qué cosa, se fueron hacia el bar de siempre.
Se sentaron afuera. La tarde era calida y los últimos rayos de sol le daban al asfalto un tono más alegre que el de costumbre. Pidieron lo de siempre, entrelazaron sus manos y siguieron conversando acerca de esto y de aquello.

Iris se levantó del sofá, como queriendo alejarse de esa tarde, de ese recuerdo tan hermoso y cruel al mismo tiempo. Apagó el cigarrillo violentamente contra el cenicero y, con los brazos cruzados, caminó rápidamente hacia la cocina.
Ahí sirvió un vaso de agua y echó algo de comida al plato de Humme. El sonido de los bocaditos golpeando el plato fue un timbre perfecto para que el gato corra con hambre voraz hacia su cena. Ella lo miró comer unos segundos, hipnotizada, atendiendo con oído de músico al sonido que los pequeños y filosos dientes de Humme hacían al devorar los crocantes granitos.
Se despertó del trance y, calma, se descalzó. Caminó de puntas de pie hacia el baño, donde comenzó a llenar la bañera. El agua sonaba como una verdadera cascada en ese departamento invadido por el silencio. A lo lejos, el tronar de la comida del gato podía ser interpretado como las ramas de los árboles, quebrándose al paso de algún animal salvaje.
En el cuarto, Iris se quitó el resto de la ropa. Con mucha calma caminó desnuda hacia el baño y se metió en la bañera a medio llenar. Unos minutos después, su cuerpo estaba completamente hundido en un pequeño océano tibio. Dobló una toalla y la apoyó debajo de su cabeza y, en la tranquilidad de su baño, volvió al bar.

Había dejado la flor a su derecha, el mozo les servía su merienda por la izquierda. En la mirada de ambos había amor. O al menos así lo veía Iris. J. prendió dos cigarrillos y ella, agradecida, tomó el que le había ofrecido.
Fumaron mirando la tarde, escuchando el eco de una avenida muy transitada, pero también lejana.

- Me salió un trabajo- J. Cortó el silencio.
- ¡Que bueno!- respondió Iris con clarísimo sarcasmo- ¿Por cuánto tiempo te vas?
- Unos días- Murmuró, con el cigarrillo en la boca- no va a ser tanto tiempo como la última vez.
- ¿Y vale la pena?, ¿Te van a pagar bien?
- Si- Afirmó, mirándola a los ojos- muy bien. Después de esto, nos vamos a vivir juntos definitivamente.
- Si- Dijo ella, desinteresada, chupando su cigarrillo- igual que siempre.

Iris salió desde abajo del agua, donde se había sumergido para que la atmósfera de alrededor no se inmiscuya en sus pensamientos más privados. Sacó el agua de la cara, tomo una gran bocanada de aire, escurrió su oscuro y corto pelo y comenzó a silbar una vieja canción de los beatles.
Media hora más tarde, con el pelo mojado, miraba por el balcón la ciudad que comenzaba a oscurecer. El día era muy parecido a aquel en el que le habían regalado esa flor, que, desde el florero, parecía mirarla con sorna. Encendió el último cigarrillo de la caja y, con los ojos algo colorados, suspiró.

- Esta vez es en serio- Dijo J.
- Si, en serio. En serio es todas las veces, y todas las veces te creo. Hoy no. Ya no.
- Gracias a este trabajo vamos a poder ser felices, vivir juntos, como siempre quisimos, Iris. Si no querés hacerlo, no pongas excusas tontas.
- ¿Excusas tontas?- casi susurró- No me parece que no aceptar plata manchada con sangre sea una excusa tonta.
- Callate- Susurró exaltado J.- vos sabes que a mi tampoco me gusta...
- No parece.

“Basta”. Sacudió la cabeza y dio la última pitada a su cigarrillo, que luego tiraría por el balcón. Entró, tomó su cámara de fotos, y en puntas de pié se acercó a Humme, que estaba acostado en una maceta grande que se ubicaba en uno de los ángulos del living. El gato no era conciente de la sesión fotográfica de la cual era protagonista por enésima vez. El flash inundaba ese pequeño sector de la casa por unos segundos y volvía a apagarse hasta que, otra vez, un relámpago salía de la cámara de Iris.
Gatilló la cámara una, dos, miles de veces y en su cabeza no podía dejar de pensar en disparos, en balas, en sangre borgoña.

- Por supuesto que te amo, pero nunca estuve ni estaré de acuerdo con esto.
- Lo se linda, pero me comprometí, ya está. Es la ultima- le decía, besándole las manos- lo prometo.
- Pero que sea la última en serio. No voy a poder aguantarlo mucho más.
- Lo se, mi vida, lo se.

Se levantó tan violentamente que se mareó. La cámara cayó al suelo, pero afortunadamente no sufrió ningún daño. Iris se sostenía contra la pared. Llorando, quebrada, con ríos de lágrimas que empapaban su cara, que habían comenzado a derramarse cuando veía a Humme, victima de sus disparos.
La noticia le había llegado esa mañana. J. había muerto en un enfrentamiento con la policía. Lo habían encontrado en una casa hecha con cartón, madera y zinc a unos 80 kilómetros de donde vivían. Él y otras tres personas tenían secuestrado al hijo de uno de los más famosos empresarios del país. Parece que, cuando los descubrieron, J. fue el primero en disparar, y las balas del otro lado no demoraron. 7 balazos, dicen algunos. 9 aseguran otros. A Iris no le interesa.

- Yo no quiero que nuestro hijo se críe con un padre delincuente- Había dicho, con lágrimas en los ojos.
- Yo tampoco quiero eso. Vamos a ser felices, Iris, te lo garantizo.

Iris gritó. Corrió hacia la mesa y tomó la flor con fuerza, estrujándola. Los pétalos se destrozaron y las espinas hicieron sangrar sus delicadas manos. La rosa cayó por el balcón, junto a unas gotas de sangre, que mancharon el asfalto gris, gris, gris…


1 comentario:

Dana dijo...

La verdad es que los últimos cuentos han sido excelentes y, por lo tanto, no voy a pedirte que actualices más seguido... sólo quiero leerte así.
Particularmente con este cuento, creo que lograste de manera eficiente los cambios de ambiente y de los sentimientos de Iris. Me encantó y re da para un corto!!!

Te amo mucho lindo!